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Tomar el juego en serio

Publicada el 19/08/2011 por | Autor de AARP Blog Comments

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La semana pasada, Segunda lanzó la primera parte de su plan: Comer. Y una vez que el deslumbramiento ocasionado por las tapas pasó, supo que su aventura con Lady Piola no había terminado. Las dos se pusieron a contemplar un sinnúmero de ideas. La segunda parte de su plan se les ocurrió de repente: Jugar.

¿Cuándo fue la última vez que usted jugó, que hizo algo divertido por el simple hecho de hacerlo?

Al hacerme esta pregunta, después de mi divorcio, me quedé sin respuesta. En algún punto del camino, me había olvidado de que la vida podía enfrentarse con sentido lúdico. Yo solía pensar que si dejaba de ser la esposa, la madre, la hija, la trabajadora, la amiga “perfecta”, mi vida se desmoronaría.

¿Usted se está contando la misma hostoria?

Si abordar un avión y comer tapas hicieron que Segunda se diera cuenta de esto, quizás otro vuelo fuera lo indicado. Cuando llegué a Escocia, estaba decidida a jugar y divertirme en serio. Por lo tanto, el plan era no tener un plan. A medida que recorría este lindísimo país no estaba segura de lo que estaba buscando hasta que lo escuché. La risa se desbordaba de un bar, y eso era problemático, porque yo nunca había estado en un bar sola. De hecho, mi “yo” anterior hubiera juzgado probablemente a “esa clase” de mujeres. Apuré el paso, llegué a la esquina y dudé, pero la risa me llamaba. Respiré profundamente, di la vuelta y crucé el umbral del bar.

Adentro todos estaban bailando y riendo como si no tuvieran una sola preocupación en el mundo. No sé de dónde saqué el coraje, pero a los pocos minutos estaba invitando a un local a bailar. ¿Quién era esta mujer en la que me había convertido? Pronto, mi risa se había unido a las de los demás. No hay nada mejor que un paso de baile bien sincronizada para que te dé vuelta el mundo por completo. Mi vida anterior se había definido como matrimonio y, a pesar de que muchas de mis amigas solteras se quejaban de sus citas, secretamente yo envidiaba su supuesta libertad. Hoy comprendo que no se trata de ser soltera, divorciada o casada, sino de sentirse en casa con una misma.

Al día siguiente, desde las alturas de los Highlands escoceses, recorrí las cadenas montañosas con la vista. Algo había cambiado. Había vitalidad en mi paso. Me reí. Cuanto más me alejaba por los caminos de tierra, más liviana me sentía. Me había desconectado de mi cuerpo. Pero ahora hasta eso estaba cambiando.  La fase tres de mi plan me impulsó a seguir.

Los espero la próxima semana, para leer juntos otro capítulo de Segunda.

Un abrazo,

-Gaby