Las montañas y los granos de arena de las citas amorosas

¿Se atraen verdaderamente los polos opuestos?

Esta era la pregunta sobre la que Segunda y yo reflexionamos mientras considerábamos volver a aceptar citas con pretendientes. Habí­a un participante -llamémoslo el alemán “Sr. Pulcritud”- al que todaví­a debí­a llamar para arreglar una segunda cita. ¿Por qué la indecisión? Definitivamente se destacaba como un perfecto caballero y su recio parecido con Bruce Willis era, sin dudas, un gran atractivo. Además, como triatleta, encaraba la vida con la misma actitud aventurera a la que, tanto Segunda como yo, seguí­amos aspirando en nuestra segunda juventud.

Mientras tomaba firmemente el teléfono, debatiendo todaví­a si debí­a llamarlo o no, me di cuenta del motivo de mi indecisión: salir con el Sr. Pulcritud significaba salir de mi “cascarón”. Soy una chica de ciudad; él es un muchacho de pueblo. Tengo una caniche a la que trato como si fuera mi segunda hija; él no tiene perros y es padre de tres muchachos. Generalmente, para mí­, una buena cita implica tacos aguja, una galerí­a de arte, ir al cine o de compras; él prefiere una caminata seguida de un chapuzón, seguido de alguna otra cosa que exija sudar más.

¿Deberí­a empezar a comer barras de granola o escalar montañas para que podamos tener algo en común? ¿Estaba haciendo una montaña de un grano de arena?

Con cada tecla que pulsaba en el teléfono me preguntaba: “¿Vivir mi segunda juventud no se trataba de asumir nuevos desafí­os y tomar más riesgos? ¿No deberí­a dejar de lado mis tacos, calzarme botas para caminatas y salir de mi ‘cascarón’?”

Su teléfono comenzó a llamar. Manténgase atento para ver si contestó.

 -Gaby