Tolerancia: Nada original

Un par de amigas mí­as estaban esta mañana completamente entusiasmadas con esta noticia que publica El Nuevo Herald sobre un debate sobre los derechos homosexuales en Puerto Rico. Desde Ciudad del Cabo, Arizona y algún remoto lugar de Virginia me bombardearon con emails para que escribiera algo sobre esto.

Que me disculpen estas amables amigas, pero confieso que este tipo de debates no me entusiasma en los más mí­nimo.

Desde que pasé los 50 y soy socio de AARP, tengo un creciente escepticismo frente a las discusiones que se autocalifican de valóricas. Especialmente cuando tocan elementos de la esfera pública. No importa quien está a favor o en contra, qué defienden o atacan. Mi mente se desconecta. Tengo la impresión que son debates intensos y poco productivos. En materia de libertades públicas, prefiero los enfoques prácticos, basados en hechos. Sobre las conductas privadas de otros, opto por el humor o el silencio.

No comulgo completamente con William J. Bennet, el autor norteamericano que escribió su Libro de las Virtudes, en 1994,  pero como él prefiero hablar de virtudes más que de valores. La conversación retorna humildemente a categorí­as morales tan antiguas como Pitágoras o Platón. Y, como lo demuestra el libro de Bennet, todas esas virtudes han sido ilustradas por la literatura, sin ánimo pedagógico ni doctrinario.

A propósito de la virtud de la tolerancia y el poder del sentido común, aquí­ va un poema de Walt Whitman, gran maestro de la tolerancia americana:

Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
épocas y naciones, no son originales mí­os,
si no son tuyos tanto como mí­os,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solución del enigma,
nada son.

Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire común que baña el globo.

(de Leaves of Grass – Traducción de León Felipe)

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