Canto a mis abuelas: 5 lecciones de vida

Un amigo un dí­a me preguntó cómo me gustarí­a volver a este mundo, suponiendo que pudiera. Sin pensarlo, le dije, “exactamente igual”. Pero, ¿cómo? ¿No te gustarí­a ser rica, o princesa, o…? Pero es que ya lo he sido, le contesté.

Abuela y nieto de manosJulio, que me conoce desde que éramos adolescentes, se quedó un poco perplejo, pues evidentemente ni soy rica ni mucho menos princesa. “Es que no me puedo imaginar tener más amor, sentir más ternura de la que he sentido en esta vida”, le expliqué. En eso sí­ he sido y sigo siendo muy rica. Jamás volverí­a a ser tan dichosa.

Por supuesto que esta impresión nace principalmente del amor incondicional de mis abuelas. Hace ya 30 años que no tengo la dicha de escucharlas ni abrazarlas, ni de poder decirles lo que las quiero. Pero las llevo dentro.

1. Ellas me enseñaron a expresar mi cariño. Sarah, mi abuela materna, solí­a tener la costumbre de tomarnos las manos cada vez que le pasáramos cerca. No decí­a una palabra. Solo nos detení­a  momentáneamente, y con esa caricia lo decí­a todo. Esto lo hací­a con todos a quien amaba, sin importar la edad, destallando siempre la dulzura que la caracterizaba. Cierro los ojos y aun siento sus caricias, huelo su perfume, oigo su risa. Y cada vez que se me acercan mis nietos, extiendo mis manos, los abrazo, me los como a besos.

2. Me enseñaron a darle a todo su debido tiempo, a vivir cada momento. Las cosas pasan cuando tienen que pasar y no antes, y no después. Esto aplica igual a cocer una carne que a esperar que la mariposa salga de su capullo o que el novio te pida la mano. (Mi papá siempre bromeaba que nos tení­an que pedir enteras, nada de eso de pedir solo la mano. Las cosas se hacen bien o no se hacen. Otra lección bien aprendida. Pero divago.)

3. Me mostraron la importancia de la bondad. Aida, mi abuela paterna, nos complací­a con nuestros platos favoritos, sobretodo con postres del recetario cubano que requerí­an horas de preparación. No habí­a ví­as rápidas ni microondas, ni le hací­an falta. Ella lo hací­a por amor al arte y a su familia. Siempre estaba dispuesta a coser un botón, escuchar un lamento, enseñarnos cómo hacer trinos en el piano o tejer un punto revés.

4. Me inculcaron la importancia de la oración. Uno de mis recuerdos más bonitos era estar reunida con mi madre, mi abuela y mis hermanas ante la imagen de la Inmaculada -que Mami aún conserva- para rezar el rosario. Anochecí­a esa tarde de octubre, y jugaba en nuestros rostros la luz de una vela prendida en la mesita donde estaba colocada la Virgen. El murmullo del Ave Marí­a, el deslize de las cuentas en las manos, las pausas para leer sobre los misterios, marcaron ese ritual maravilloso de nuestra fe. ¡Y cuantas veces en mi vida he podido constatar el poder de la oración para sanar, recobrar la serenidad de espí­ritu, lograr lo que pareciera un milagro en mi vida o la de mis hijos!

5. Por último, fueron ejemplo del perdón. Ese acto de humildad y de entereza que señala a los que son realmente grandes. Como lo fueron ellas.

Y tú, ¿cómo recuerdas a tus abuelos? ¡Cuéntanos!

Foto: carterdayne/Istockphoto

 

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